Mia Aguirre tenía tres años y un cuerpo que hablaba en silencio
Su nombre no fue noticia hasta que la mataron. Hoy, once años después, la justicia dijo basta. Pero el fallo no le devuelve la infancia.
La nena que volvió a casa equivocada
Mia pasó casi toda su corta vida al cuidado de su abuela. Era allí, en esa casa de Berisso, donde estaba segura. Donde nadie le levantaba la voz. Donde su cuerpo no amanecía con moretones nuevos.
Pero un día, su madre la reclamó.
Cecilia Cabrera denunció a su propia madre por maltratos hacia Mia. El Juzgado de Familia resolvió devolverle la tenencia. La abuela, el padre biológico y otros familiares se acercaron a la Policía, a la Justicia, a los servicios sociales. Mostraron fotos. Alertaron sobre el peligro.
Nadie frenó lo que venía.
Pocos meses después, Mia ingresó al Hospital de Niños de La Plata sin signos vitales.
“Jugaba con chanchos”: el relato que se desmoronó
Tenía tres años. Su cuerpo era un mapa del dolor: hematomas en todo el cuerpo, fracturas en brazos y costillas, lesiones recientes y otras ya cicatrizadas. Y signos de abuso sexual violento.
Su madre y su padrastro, Sergio Nicolás Argañaraz, llevaban semanas cambiando la versión de los hechos. Que si se había caído de un caballo. Que si se ahogó con la comida. Que si la golpearon para reanimarla. Que si jugaba con chanchos.
Los médicos escucharon en silencio. Después, escribieron en el expediente lo que sus ojos ya sabían: maltrato infantil severo.
La autopsia fue implacable. Mia murió por un paro cardíaco provocado por el dolor extremo. Su cuerpo no soportó el shock neurogénico. Sus partes íntimas, destrozadas.
Los gritos que nadie quiso oír
En el juicio, los testigos rompieron el pacto de silencio del barrio.
Una vecina declaró que había escuchado a Argañaraz gritarle frases de contenido sexual a la nena. Otra contó que había visto a la pareja golpearla en plena calle, sin pudor, como quien corrige a un animal.
Había denuncias previas. Fotos. Alertas. El sistema tuvo a Mia en sus manos y la devolvió al infierno.
El fallo lo dice con palabras frías, pero necesarias: la madre toleró, consintió y no evitó el maltrato. También participó activamente. Pero la Justicia también vio en ella a una mujer sometida, víctima de violencia de género, y atenuó su condena.
Ocho años. Domiciliaria.
Para Argañaraz, 45 años de prisión.
El último recurso, el último no
La defensa del padrastro apeló. Llegó a Casación, a la Suprema Corte bonaerense, y finalmente a la Corte Suprema de la Nación.
Este miércoles, los jueces Rosatti, Rosenkrantz y Lorenzetti firmaron el final del camino. Rechazaron el recurso. La condena a 45 años quedó firme.
Mia ya no está. Pero su nombre, desde ahora, también es jurisprudencia.
Preguntas que duelen
¿Cuántas infancias se apagan en silencio, puertas adentro?
¿Qué hubiera pasado si alguien, en ese juzgado de familia, hubiera dicho «basta»?
¿Cómo medimos la responsabilidad de un Estado que escucha las alertas pero no actúa?
Mia Aguirre no es un caso judicial. Es una nena de tres años que volvió con su madre porque una jueza lo dispuso. Es un cuerpo lleno de marcas que los médicos vieron demasiado tarde. Es una esquina de Berisso donde los vecinos todavía bajan la voz cuando pasan por esa casa.
La justicia llegó. Pero llegó después. Y después no alcanza.
Mia tenía tres años. No llegó a cumplir cuatro.
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Historia real de un femicidio infantil. Fallo histórico de la Corte Suprema. Deuda del Estado con las infancias.
