Crímenes múltiples en Tucumán: el triple homicidio que horrorizó a Villa Chicligasta y que guarda similitudes con el caso Barreda

Un trabajador rural fue condenado por haber provocado la muerte de tres de sus ocho hijos. El penado a perpetua elaboró este cruel plan para poder formalizar su relación con una amante.

Dos crímenes múltiples con coincidencias y diferencias

Ambos crímenes múltiples tienen coincidencias y notables diferencias. Los dos hombres mataron a integrantes de sus familias para llevar adelante un plan criminal. Uno lo hizo por cuestiones económicas; el otro, para irse a vivir con su amante.

El caso del odontólogo Roberto Barreda, registrado en la ciudad de La Plata el 15 de noviembre de 1992, tuvo repercusión internacional y fue llevado al cine en formato de documental y película por haber asesinado a su esposa, a sus dos hijas y a su suegra.

El de Segundo Antonio Espinoza, ocurrido en una zona rural de Tucumán en 1969, casi no tuvo difusión y cada vez son menos los que recuerdan el día en el que este hombre envenenó a toda su familia, provocando la muerte de tres de sus hijos.

El contexto: La Florida, Chicligasta, 1969

En marzo de 1969, el verano se negaba a darles tregua a los tucumanos. En el paraje La Florida, de Chicligasta, los pobladores imploraban que el clima no les arruinara las pequeñas chacras que cultivaban para subsistir.

También cuidaban a los raquíticos animales que tenían para que, en tiempos de extrema pobreza, los pudieran sacrificar para alimentarse.

No tenían agua ni luz y solo pedían ayuda divina para que los desbordes de arroyos y ríos de la zona no inundaran los pésimos caminos del lugar.

El día del crimen

El 17 de marzo, Espinoza había tomado vino todo el día junto a unos amigos de la zona. Regresó a su casa y, ante los reclamos de su esposa, Juana Francisca Leiva, le propinó una golpiza.

Fuera de sí, dejó el lugar. Se dirigió a la vivienda vecina, ubicada a unos 100 metros. Allí vivía María del Carmen Medina. Acordaron ir a un monte cercano para mantener relaciones sexuales.

«Ya me voy a encargar de ella», le dijo el hombre a su amante, ante el reclamo de la mujer para que la dejara.

La denuncia y la advertencia policial

Al día siguiente, durante la mañana, una comisión policial se presentó en el rancho. Él estaba dormido. Los uniformados habían llegado para avisarle que Leiva lo había denunciado por el castigo físico que le había propinado.

No lo detuvieron; simplemente fueron a advertirle que esa mujer, harta de las golpizas, lo había denunciado. Se marcharon del lugar sin decir más.

No sabían que allí se registraría luego uno de los casos más sanguinarios de la historia policial tucumana.

Las primeras señales

Espinoza y Leiva vivían con sus ocho hijos en un rancho de adobe.

El martes 18 de marzo, los integrantes de la familia almorzaron mate cocido en un jarro y el resto del pan amasado que había quedado, ya que la mujer, por los golpes que había sufrido, no pudo volver a prepararlo.

Por la tarde, los chicos corretearon por el lugar y, por la noche, comenzaron a sentirse mal.

En medio de un fuerte cuadro febril, los pequeños y la esposa del trabajador rural comenzaron a convulsionar y a echar espuma por la boca. El mismo Espinoza fingió sentirse mal.

La curandera

En medio de tanta pobreza e ignorancia, el hijo mayor de Leiva fue a pedir ayuda. No buscó a un médico, sino a Juana Argañaraz de Barrionuevo, la curandera más reconocida de toda Chicligasta.

La mujer, según las crónicas de esos días, revisó a toda la familia, les murmuró oraciones y palabras ininteligibles. También les colocó los parches.

Antes de retirarse, les dijo a los adultos que no había mucho por hacer y que ella solo había preparado a los «angelitos» para que fueran en paz al cielo.

Las víctimas fatales

Horas después, en camas rudimentarias, fallecieron:

  • Valentín Evaristo (8 años)
  • Enrique (3 años)
  • Segundo Delicio (8 meses)

La ayuda médica

Por presión de sus familiares y gracias al aporte de dinero de los vecinos, Espinoza trasladó a su mujer y a los otros cinco hijos a un centro asistencial de Simoca.

Los menores fueron derivados a los hospitales de la capital. Los médicos, que inmediatamente diagnosticaron que estaban intoxicados con un veneno, lograron salvarles la vida.

Una investigación rudimentaria

En esos tiempos, la Policía actuaba de otra manera. Los recursos tecnológicos para investigar un caso eran inexistentes. Muchos de los casos se resolvían por instinto o por confesiones arrancadas a los golpes.

En este hecho en particular, hubo dos cuestiones que despertaron la atención de los pesquisas:

  1. Espinoza había sido el único integrante de la familia que estaba en perfecto estado y que, desde un primer momento, se había mostrado reacio a que sus seres queridos recibieran algún tipo de ayuda
  2. Por testimonios de vecinos, los policías descubrieron que Medina, la amante del principal sospechoso, había manipulado un tarro con el veneno gamexane, que utilizaban para proteger los cultivos

Ella había asegurado que lo poco que le quedaba lo había usado para curar a un ternero negro que había sido herido, posiblemente, por un puma que intentó devorarlo.

El hallazgo clave

Hombres con traje y corbata caminaron por la zona y descubrieron que los Espinoza tomaban agua de un rudimentario pozo.

Hicieron los análisis correspondientes y determinaron que el líquido estaba envenenado con parathion. Ahora faltaba demostrar quién había arrojado el poderoso pesticida allí.

Las detenciones

Las autoridades no dudaron. Detuvieron a nueve personas, entre las que se encontraban Espinoza y Medina.

También había sido encerrada en un calabozo la curandera que había realizado un trabajo de purificación a los pequeños antes de que fallecieran.

Pero hubo una situación que permitió esclarecer el hecho.

La conversación espiada

Los policías sabían que la pareja de amantes estaba involucrada en el triple homicidio. Sin ningún tipo de autorización judicial, le dieron la posibilidad a Espinoza y Medina de mantener una charla en una oficina de la comisaría de Concepción.

No sabían que un efectivo de la fuerza estaba escondido debajo de un escritorio para escuchar lo que hablaran.

El oficial Segundo Emanuel Ruiz fue el encargado de espiar a los amantes. Luego documentó que, cuando él quiso dar explicaciones, ella lo hizo callar y le dijo:

«Cállate, lo hecho, hecho está; solo queda que Dios y la Virgen me ayuden».

Eso fue suficiente para que ambos fueran acusados del triple homicidio.

La entrevista que quedó en la historia

En el periodismo policial, estar en el lugar adecuado y en el momento justo suele ser clave para conseguir los mejores datos.

Fue lo que ocurrió con Arturo Álvarez Sosa (ya fallecido), periodista de LA GACETA, que fue el único que entrevistó a Espinoza momentos después de que confesara haber arrojado veneno al pozo de agua.

Esta fue la entrevista que publicó nuestro diario:

— ¿Por qué lo hizo?

— Me entró la zoncera con la «macha» y la mujer que volvió a insultarme, que me tenía harto con sus reproches.

— Pero, ¿por qué también a los chicos?

— No sabía que era tan fuerte el coso ese (el veneno).

— ¿Cuándo planeó eliminar a esa mujer?

— Me lo pidió la Carmen, ella me atizaba a que matara a la mujer mía.

— ¿Sufrieron mucho los chicos?

— En un ratito se han muerto.

— ¿No se arrepintió al ver sufrir a sus hijos?

— Me dolió cuando murió el grandecito, Valentín Evaristo, me seguía mucho.

— ¿Por qué les siguió dando agua envenenada?

— Si ellos solitos la sacaban del pozo.

— ¿Por qué fingió estar envenenado?

— Yo también i’ vomitado, pero vaya a saber de qué era. Debe haber sido por el vino.

El proceso judicial

Los sospechosos fueron acusados formalmente del triple homicidio.

En 1970, la mujer fue sobreseída por la Justicia al entender que no había pruebas para demostrar que ella había instigado el triple crimen.

Medina, que tenía nueve hijos de tres hombres diferentes, fue señalada por sus vecinos: entre 1960 y 1961, una de sus parejas murió sorpresivamente después de comer las empanadas que ella había preparado.

El caso de Espinoza fue diferente. En un primer momento, sus defensores pidieron que fuera declarado inimputable porque tenía severos problemas mentales. Pero esa estrategia no funcionó.

Terminó siendo condenado a prisión perpetua. Nunca más se supo de él.

Para tener en cuenta

  • Lugar: paraje La Florida, Chicligasta, Tucumán
  • Fecha: marzo de 1969
  • Víctimas fatales: Valentín Evaristo (8), Enrique (3) y Segundo Delicio (8 meses)
  • Supervivientes: la esposa y cinco hijos, intoxicados pero salvados a tiempo
  • Veneno: parathion, arrojado en el pozo de agua
  • Condena: prisión perpetua para Segundo Antonio Espinoza
  • Amante: María del Carmen Medina, sobreseída en 1970
  • Similitud con el caso Barreda: ambos hombres mataron a integrantes de sus familias para llevar adelante un plan criminal

¿Conocías este caso? ¿Creés que la justicia de la época actuó correctamente? Contanos tu opinión.

Fuente: La Gaceta