Cómo fue el plan para convertir a Tucumán en el «Vietnam argentino», los consejos que les dio Fidel Castro a los jefes del ERP y el pedido a la ONU para crear un territorio independiente

Durante la década del 70, Tucumán fue el epicentro de un proyecto que excedía ampliamente la lógica de un conflicto armado interno. Detrás de los enfrentamientos en el monte, existía una estrategia política de largo alcance que apuntaba a separar una porción del territorio argentino, consolidarla como entidad autónoma y obtener reconocimiento internacional.

La iniciativa fue impulsada por el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) , que bajo la conducción de Mario Roberto Santucho decidió trasladar el eje de su accionar desde las ciudades hacia el ámbito rural. Tucumán no fue elegido al azar. La provincia reunía condiciones que, desde la mirada insurgente, eran ideales: una geografía compleja, con monte y selva; altos niveles de conflictividad social; y una estructura económica golpeada por el cierre de ingenios azucareros que había dejado miles de desocupados.

La idea del «Vietnam argentino»

La idea central era replicar el modelo de Vietnam, donde una guerrilla rural había logrado desgastar a una potencia militar superior mediante una guerra prolongada. Tucumán debía convertirse en ese laboratorio. El objetivo no era una victoria rápida, sino una acumulación progresiva de poder territorial, político y social. Así nació el concepto del «Vietnam argentino» .

Para avanzar en ese plan, el ERP puso en marcha la Compañía de Monte Ramón Rosa Jiménez, una estructura militar destinada a operar en la selva tucumana. Pero la estrategia no se limitaba a la confrontación armada. En paralelo, se buscaba construir un poder alternativo que pudiera disputar la autoridad del Estado en el territorio.

La estrategia de internacionalización

La lógica detrás de estas acciones respondía a una lectura estratégica del derecho internacional. La conducción del ERP entendía que, para aspirar a algún tipo de reconocimiento externo, debía demostrar que ejercía control efectivo sobre un territorio. En ese sentido, se planteaba cumplir con ciertos requisitos considerados claves: contar con una fuerza militar organizada, disponer de símbolos propios y generar algún tipo de circuito económico bajo su órbita.

El objetivo final era declarar una «zona liberada» y presentar esa situación como un hecho político consumado ante la comunidad internacional. La ONU aparecía como el escenario donde ese planteo podría adquirir visibilidad y legitimidad. La aspiración era ser reconocidos como fuerza beligerante y, en una etapa posterior, como una entidad estatal en formación.

El rol de Cuba y los consejos de Fidel Castro

En ese esquema, Cuba ocupaba un rol central. La dirigencia del ERP envió representantes a La Habana con el objetivo de obtener entrenamiento militar y respaldo político. El contacto con Fidel Castro fue un momento clave en esa búsqueda de apoyo internacional.

Castro escuchó los detalles del plan con atención. Se interesó por la geografía tucumana, la densidad poblacional, las condiciones sociales y las posibilidades operativas. Analizó el proyecto desde su experiencia en la revolución cubana y en la proyección internacional de los movimientos insurgentes. Pero su respuesta estuvo lejos de ser un aval automático.

El líder cubano puso el foco en las dificultades prácticas de la estrategia. Señaló la importancia de la movilidad, la necesidad de contar con equipamiento adecuado y los riesgos de quedar cercados por fuerzas superiores. Su mirada fue concreta: una guerrilla sin preparación suficiente, sin recursos y sin dominio territorial consolidado tenía pocas chances de sostenerse en el tiempo.

Además, había un factor político determinante. En ese momento, Cuba mantenía relaciones diplomáticas con la Argentina, lo que limitaba la posibilidad de brindar apoyo directo a un grupo armado que operaba contra el gobierno. Esa situación condicionó cualquier tipo de colaboración formal.

La respuesta del Estado y el fin del proyecto

A pesar de esas advertencias y limitaciones, el ERP avanzó con su plan en Tucumán. La instalación en el monte, el intento de ganar apoyo en sectores rurales y la construcción de estructuras propias respondían a una estrategia de acumulación que tenía como horizonte la ruptura del orden estatal en una parte del territorio.

Sin embargo, la respuesta del Estado fue contundente. A través del Operativo Independencia, lanzado en 1975, las fuerzas armadas intervinieron en Tucumán con el objetivo de desarticular la estructura guerrillera. El despliegue militar, sumado a la falta de consolidación territorial del ERP, terminó por frustrar el proyecto antes de que pudiera alcanzar sus objetivos estratégicos.

El legado de un episodio clave

La «zona liberada» nunca llegó a consolidarse en los términos previstos. El reconocimiento internacional quedó como una aspiración dentro de la estrategia, pero sin posibilidad de materializarse. El intento de convertir a Tucumán en un enclave insurgente con proyección global se diluyó frente a la ofensiva estatal y a las propias limitaciones operativas de la guerrilla.

Sin embargo, el antecedente histórico permanece. La idea de separar una parte del territorio argentino, construir una estructura política propia y buscar legitimación internacional no fue una consigna aislada, sino un plan concreto que llegó a ponerse en marcha. Tucumán fue el escenario elegido para esa experiencia, en un contexto de alta conflictividad y en medio de un clima internacional marcado por las luchas revolucionarias.

La referencia a la ONU, la búsqueda de apoyo externo y la construcción de una legitimidad internacional muestran hasta qué punto el proyecto del ERP iba más allá de la disputa interna. Era, en esencia, un intento de rediseñar el mapa político desde una provincia, con la mirada puesta en el escenario mundial.

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