Grave situación en el campo: el ataque de palomas a cultivos recrudece en el Chaco

Productores de Las Garcitas, Colonia Elisa y Castelli enfrentan daños crecientes en lotes de sorgo. «No hay una solución única ni una receta mágica», advierte un ingeniero agrónomo de la zona.

La preocupación crece entre los productores agrícolas del centro y este chaqueño. Las aves plaga, principalmente palomas y cotorras, están provocando daños cada vez más severos en cultivos de sorgo, soja y girasol. Las localidades más afectadas son Las Garcitas, Colonia Elisa y Castelli, aunque el problema se extiende por toda la región.

El ingeniero agrónomo Martín Goujón, productor de Colonia Elisa, dialogó con Agroperfiles y advirtió que la problemática viene agravándose año tras año. Según su relato, se trata de una situación de difícil solución que excede las posibilidades de acción individual de cada establecimiento.

Antecedentes: reuniones sin respuestas concretas

Goujón recordó que el tema ya fue abordado el año anterior, impulsado por la exposición que realizó Agroperfiles. En aquel momento, se llevaron a cabo distintas reuniones organizadas por el Consejo de Ingenieros Agrónomos junto al Ministerio de Producción del Chaco, con participación de especialistas en la materia.

Aquellos encuentros permitieron intercambiar experiencias y analizar posibles alternativas de manejo. Sin embargo, el productor reconoció que no existe una solución única ni una receta mágica para enfrentar esta plaga.

La complejidad de las aves plaga

A diferencia de otras plagas agrícolas que pueden controlarse mediante la aplicación de productos específicos, el caso de las aves presenta una complejidad mucho mayor debido a su gran capacidad de desplazamiento. «Aparecen y desaparecen en cuestión de días y pueden recorrer muchos kilómetros», indicó Goujón.

El profesional remarcó que tanto su experiencia como técnico como las conclusiones de los especialistas coinciden en que resulta imposible realizar un control preventivo efectivo a nivel individual. Por ello, consideró que el abordaje debe realizarse de manera regional y mediante una estrategia integral.

No existe una única medida capaz de reducir significativamente la población de estas aves, sino que es necesario implementar un conjunto de acciones complementarias. Si bien hay prácticas que pueden aplicarse dentro de cada establecimiento para intentar disminuir los daños o evitar la presencia de las aves, estas medidas no constituyen herramientas de control poblacional.

El factor depredadores naturales

Consultado sobre la posible desaparición de los depredadores naturales de estas aves, Goujón señaló que no cuenta con información precisa sobre ese aspecto. Sin embargo, consideró que el principal problema radica en el fuerte crecimiento de las poblaciones de estas especies.

Explicó que, aun en el caso de que los enemigos naturales se mantengan presentes, su capacidad de control resulta insuficiente frente a una población que se multiplica rápidamente. Para ilustrar la situación, comparó el fenómeno con lo ocurrido años atrás con el pulgón amarillo del sorgo.

Según indicó, los organismos benéficos cumplen un rol importante cuando las poblaciones de plagas son reducidas, pero pierden efectividad cuando estas alcanzan niveles elevados, ya que su tasa de reproducción es considerablemente menor. «Eso ocurre con insectos, con aves y con cualquier otra plaga», sostuvo.

En ese contexto, recordó que, mientras en el caso de algunas plagas agrícolas existen herramientas químicas para intervenir cuando la situación se descontrola, en las aves la realidad es diferente. El uso de determinados métodos está prohibido y, además, podría generar un importante impacto ambiental si se aplicaran incorrectamente.

El drama de la diversidad de especies

Goujón también remarcó que una de las principales dificultades para diseñar estrategias de manejo radica en la diversidad de especies involucradas. Explicó que recientemente se avanzó en normativas vinculadas a la paloma mediana o Zenaida auriculata, una de las especies más frecuentes en la región y conocida por provocar daños en cultivos como girasol y sorgo. Sin embargo, aclaró que en su zona esa especie tiene una incidencia secundaria.

En su caso particular, afirmó que los mayores perjuicios son ocasionados por la paloma grande o torcaza (Patagioenas picazuro), que presenta hábitos diferentes y muestra preferencia por el consumo de plántulas de soja y girasol durante la emergencia de los cultivos. A ello se suma la presencia de la palomita del monte o yerutí (Leptotila verreauxi), otra especie con comportamientos distintos.

El productor destacó que esta diversidad de especies complejiza aún más cualquier estrategia de control, ya que las medidas efectivas para una pueden resultar inútiles para otra.

Como ejemplo, mencionó que la intervención sobre dormideros puede ser una herramienta válida para la Zenaida auriculata, pero no para la torcaza, que nidifica de manera aislada en áreas de monte y no forma grandes dormideros. La misma situación ocurre con las cotorras, explicó, ya que estas construyen nidos en múltiples lugares y no se concentran en sitios específicos, lo que dificulta la aplicación de medidas de manejo uniformes para todas las especies involucradas.

Un abordaje regional urgente

Goujón insistió en que la problemática de las aves plaga requiere un abordaje regional y coordinado, ya que excede las posibilidades de acción de un productor individual. No obstante, señaló que existen algunas estrategias de manejo que pueden implementarse a nivel predial para intentar reducir los daños.

En primer lugar, destacó la importancia de identificar cuáles son las especies que generan mayores pérdidas en cada momento del año. En su establecimiento, indicó que convive con cinco aves consideradas plaga: la palomita yerutí, la paloma mediana (Zenaida auriculata), la torcaza (Patagioenas picazuro), la cotorra y el loro calancate.

No todas atacan los cultivos de la misma manera

Sin embargo, aclaró que no todas afectan los cultivos de la misma manera ni en las mismas etapas. Explicó que durante las siembras de primavera, particularmente en soja y girasol, la principal amenaza es la torcaza, acompañada en menor medida por la yerutí. Según detalló, en esa etapa las otras especies tienen escasa o nula incidencia, por lo que las medidas de manejo deben enfocarse específicamente en aquellas aves que representan el mayor riesgo.

Entre las prácticas que planea implementar en la próxima campaña, mencionó la necesidad de evitar las siembras escalonadas y concentrar la implantación de los cultivos en el menor tiempo posible.

Para ello, consideró incluso la posibilidad de incorporar más equipos de siembra si fuera necesario. El objetivo es lograr una emergencia rápida y uniforme, reduciendo así el período durante el cual las plántulas permanecen expuestas al ataque de las aves. En ese sentido, remarcó la importancia de utilizar semillas de muy buena calidad para favorecer una rápida implantación y crecimiento inicial del cultivo.

«De esa manera se achica la ventana de ataque de las plagas», explicó. Asimismo, comentó que evalúa incorporar el uso de repelentes, una herramienta que aún no ha probado en etapas tempranas del cultivo. Según la información recibida de las empresas proveedoras, estos productos muestran resultados variables cuando se utilizan para proteger granos próximos a la cosecha, pero podrían ofrecer una mejor respuesta durante la emergencia y el desarrollo de las plántulas.

Los daños que ocasionan en el sorgo

Al referirse a los daños que actualmente está observando en los cultivos de sorgo próximos a cosecha, Goujón señaló que la situación es diferente a la que ocurre durante la implantación de los cultivos, ya que en esta etapa la principal plaga en su zona es la cotorra.

Según explicó, si bien también se registran ataques de palomas, el mayor problema está asociado a las cotorras debido a la dificultad para ahuyentarlas o controlar su presencia. En ese sentido, relató experiencias propias que, a su criterio, demuestran la escasa efectividad de algunos métodos tradicionales.

El productor comentó que incluso recurrió a la caza de ejemplares dentro de sus lotes, pero observó que la presión de la plaga no disminuyó. «Cada vez había más», resumió, al señalar que este tipo de prácticas resultan inviables desde el punto de vista operativo y económico cuando se trata de proteger superficies importantes.

La acción de los depredadores no alcanza

También puso en duda que la eliminación de algunas aves genere un efecto significativo a través de los depredadores naturales. Según indicó, en sus experiencias de campo no observó una respuesta relevante de aves rapaces que pudiera contribuir al control de la población. Frente a esta situación, consideró que las herramientas más efectivas pasan por reducir el tiempo de exposición de los cultivos al ataque de las aves.

Recomendaciones para girasol y sorgo

En el caso del girasol, recomendó evitar las siembras escalonadas, utilizar semillas de buena calidad para lograr una emergencia uniforme, acelerar las tareas de implantación mediante una mayor capacidad de siembra, seleccionar híbridos con buen vuelco de capítulo y avanzar hacia cosechas anticipadas mediante secado del cultivo. Asimismo, sostuvo que, cuando sea posible, resulta conveniente incrementar la capacidad de cosecha para retirar el cultivo del lote en el menor tiempo posible.

Respecto del sorgo, afirmó que decidió dejar de realizar planteos tardíos sembrados en diciembre y cosechados durante mayo o junio, ya que considera que esos cultivos quedan particularmente expuestos al daño de las aves. En cambio, señaló que continuará apostando al sorgo de primavera, implantado en septiembre y cosechado en enero, una alternativa que, según su experiencia, recibe una presión mucho menor por parte de cotorras y palomas.

El manejo integral, única salida viable

Para Goujón, estas decisiones de manejo permiten reducir el impacto económico de la plaga a nivel predial, aunque no resuelven el problema de fondo. En ese sentido, volvió a remarcar que el control de las poblaciones de aves resulta extremadamente complejo debido a las grandes distancias que recorren en busca de alimento.

Indicó que la torcaza puede desplazarse entre 60 y 80 kilómetros, mientras que las cotorras suelen recorrer entre 10 y 15 kilómetros desde sus nidos para alimentarse. Por esa razón, consideró insuficientes las acciones aisladas dentro de un solo establecimiento.

Como ejemplo, recordó que en distintas oportunidades eliminó todos los nidos de cotorra presentes en sus campos, pero aun así las aves continuaron llegando desde establecimientos vecinos. A su entender, para que una medida de ese tipo tuviera algún efecto real debería aplicarse de manera coordinada en un radio de varios kilómetros, algo que calificó como impracticable para un productor individual.

Por todo ello, insistió en que la problemática presenta un alto grado de complejidad y requiere estrategias de abordaje mucho más amplias que las que puede implementar cada establecimiento por separado.

Fuente: Agroperfiles / Entrevista al Ing. Agr. Martín Goujón.