Trabajar más no alcanza: las deudas ahogan y la confianza se derrumba

Un informe elaborado en Bahía Blanca por investigadores del Instituto de Investigaciones Económicas y Sociales del Sur (IIESS), dependiente de la Universidad Nacional del Sur y el CONICET, acaba de revelar un panorama socioeconómico alarmante.

El estudio, correspondiente a octubre de 2025, muestra una ciudad atrapada entre la precarización laboral y un sobreendeudamiento crítico que ya no es un fenómeno marginal, sino una condición estructural que afecta al noventa y cuatro por ciento de los hogares, ya sea por deudas nuevas o arrastradas del pasado. «Estos números no son los de una crisis pasajera. Son los de una sociedad que se está desmoronando económicamente», expresó a este medio uno de los investigadores del estudio.

Trabajar más para ganar menos

La primera gran conclusión del trabajo es una desconexión brutal entre el esfuerzo laboral y los ingresos efectivos. Si bien el treinta y ocho por ciento de los hogares declaró haber incrementado su carga horaria o haber tomado un segundo empleo, apenas el nueve por ciento reportó haber ganado más dinero. Peor aún: el cincuenta y cinco por ciento de quienes trabajaron más terminaron ganando menos o prácticamente nada. «Es la paradoja de la pobreza laboral: cuanto más trabajás, más pobre te volvés. Porque lo que ganás no alcanza ni para cubrir lo básico», explicó el investigador.

Este fenómeno queda reflejado en los números agregados: solo el cuarenta y ocho por ciento de las personas mantuvo su jornada habitual, mientras que un veintitrés por ciento aumentó sus horas o días y un quince por ciento debió conseguir un segundo trabajo. El resultado es descorazonador: el treinta y cinco por ciento de los encuestados dijo haber visto disminuidos sus ingresos, y un tres por ciento adicional los vio reducirse a cero. El informe destaca que, entre los asalariados, el sector público concentra la mayor pérdida de poder adquisitivo.

Pobreza e indigencia

Las cifras de pobreza e indigencia confirman la gravedad del momento. El veintiocho coma dos por ciento de los hogares bahienses se encuentra por debajo de la línea de pobreza por ingresos, estimada en cuatrocientos veintisiete mil trescientos ochenta y siete pesos por adulto equivalente. Dentro de ese universo, un ocho coma cinco por ciento es indigente, con un ingreso inferior a los ciento ochenta y un mil noventa y seis pesos. «Uno de cada tres hogares bahienses no llega a cubrir la canasta básica. Eso es terrible para una ciudad que históricamente fue un polo industrial y de clase media», señaló el especialista.

Pero lo más preocupante es la feminización de esa pobreza: en los hogares con una única aportante femenina, la indigencia alcanza el doce por ciento, el doble que en 2024. La vulnerabilidad se agudiza en villas o asentamientos, donde el cincuenta y cuatro por ciento de los hogares registra atrasos en sus pagos, muy por encima del treinta y siete por ciento del resto de los barrios.

El sobreendeudamiento como norma

En materia de endeudamiento, el estudio detecta una mutación silenciosa pero devastadora. El uso del crédito tradicional cayó del setenta y dos al sesenta y cinco por ciento, lo que podría interpretarse como una gestión más conservadora. Sin embargo, esa aparente cautela esconde una realidad mucho más grave: los atrasos en los pagos se dispararon del veinticinco al treinta y ocho por ciento. Es decir, los hogares ya no toman nuevos préstamos, sino que directamente no pueden cumplir con las obligaciones que ya tienen. «No es que la gente aprendió a no endeudarse. Es que ya no le prestan más porque no puede pagar. Es la exclusión financiera por pobreza», explicó el investigador.

El principal motivo de atraso son los servicios públicos, mencionado por el cuarenta y uno por ciento de los deudores, seguido por impuestos y tasas con treinta y nueve por ciento. Llama la atención que los préstamos de amigos o familiares aparezcan como una nueva causa relevante de incumplimiento, alcanzando el veintidós por ciento. «Ya no solo se debe al banco. Se debe al almacenero, al vecino, a la familia. Eso rompe el tejido social», advirtió.

¿Para qué se endeudan?

¿Para qué se endeudan los bahienses? Aunque la compra de electrodomésticos e indumentaria sigue siendo la razón más frecuente con un cuarenta y cinco por ciento, ha perdido peso frente a necesidades más elementales. El treinta y siete por ciento de los hogares se endeuda para comprar alimentos y cubrir gastos cotidianos, y el veinte por ciento lo hace para pagar otras deudas, una clara señal de una espiral de sobreendeudamiento. «Tomar un crédito para pagar otro crédito es la definición de la ruina financiera. Y eso está pasando a escala masiva», denunció el especialista.

El mantenimiento del hogar explica el veintiocho por ciento de los casos, y un dos por ciento específico fue contraído para afrontar las consecuencias de la inundación de marzo de 2025. La fotografía final es implacable: el dieciocho por ciento de los hogares destina la totalidad de sus ingresos o incluso más al pago de sus obligaciones.

El perfil del deudor

El perfil del deudor no es homogéneo. Las mujeres presentan niveles más altos tanto de atrasos (cuarenta por ciento) como de toma de créditos (sesenta y ocho por ciento), en comparación con los hombres (treinta y cuatro y sesenta por ciento, respectivamente). Entre las mujeres que son únicas aportantes de su hogar, el ochenta y cuatro por ciento está endeudado. «Las mujeres son las que más sostienen los hogares con menos ingresos. Y también las que más sufren el endeudamiento», explicó la investigadora.

Por edad, el grupo más afectado es el de adultos de treinta a cuarenta y cinco años, aunque se observa un incremento del cuarenta por ciento en los atrasos de hombres mayores de sesenta y cinco años. Por nivel educativo, el endeudamiento es más alto entre quienes tienen estudios terciarios o universitarios incompletos (ochenta y dos por ciento), mientras que los atrasos son más frecuentes en quienes no terminaron el secundario (cincuenta y tres por ciento).

Cambios de hábitos y erosión de la confianza

La presión de las deudas está transformando los hábitos de consumo y erosionando la salud financiera de las familias. El cincuenta y nueve por ciento de los hogares dejó de realizar gastos superfluos, el treinta y dos por ciento redujo la cantidad o la calidad de los alimentos que consume, y el veintinueve por ciento resignó bienes o servicios de consumo habitual. «La gente ya no compra lo que quiere. Compra lo que puede. Y muchas veces ni eso», sintetizó el investigador.

Ante la dificultad de pago, que afecta al veintinueve por ciento de los hogares, la principal estrategia de auxilio son los préstamos de familiares o personas cercanas (treinta y nueve por ciento), desplazando al uso de ahorros, que cayó al treinta y cuatro por ciento, una señal del agotamiento de las reservas familiares. Pero lo más grave es que el treinta y ocho por ciento de los hogares simplemente no encuentra salida financiera: su situación de impago sigue sin resolverse.

La confianza se desploma

La confianza en el futuro se ha desplomado. La proporción de quienes creen que podrán pagar sus deudas con seguridad cayó del cincuenta y seis al treinta y cuatro por ciento. Al mismo tiempo, el nivel de incertidumbre alcanzó un piso inédito: el veinticuatro coma cinco por ciento de los encuestados no supo responder si podrá o no afrontar sus deudas, una incapacidad proyectiva que refleja la inestabilidad económica crónica. «La gente ya no sabe si va a poder pagar el mes que viene. No puede planificar nada. Eso es terrorífico», afirmó el especialista.

El rol del Estado

Frente a este cuadro, el informe también indagó sobre el rol del Estado y las propuestas ciudadanas. Un dato lapidario: el sesenta y dos por ciento de los hogares manifestó no haber recibido ninguna ayuda estatal, a pesar de la emergencia provocada por la inundación de marzo de 2025. «El Estado no estuvo. Y eso lo paga la gente con más deuda y más angustia», denunció el investigador.

En cuanto a las soluciones, los encuestados son claros. La prioridad absoluta, mencionada por el veintidós por ciento, es subir los ingresos ante la caída del salario real. Le siguen el fomento de la producción y el empleo (once por ciento) y las reformas fiscales progresistas, también con once por ciento, una demanda emergente que pide que los sectores de mayor capacidad contributiva tributen más. El control de la inflación, aunque sigue siendo importante para un siete por ciento, ha perdido centralidad frente a la urgencia de mejorar ingresos y empleo. «La gente no pide que baje la inflación. Pide poder llegar a fin de mes. Son dos cosas muy distintas», concluyó.

En síntesis, el estudio del IIESS no solo describe una crisis de deuda, sino que revela un mecanismo perverso: los hogares bahienses trabajan cada vez más, pero ganan cada vez menos; se endeudan para comer y para pagar otras deudas; y ven cómo sus ahorros se agotan mientras el Estado aparece ausente. La pregunta que sobrevuela el informe es si Bahía Blanca está ante un problema transitorio o ante la consolidación de una nueva normalidad de precariedad estructural. Los números, por ahora, no invitan al optimismo.

¿Vivís en Bahía Blanca o en una ciudad con una realidad similar? ¿Te sentís reflejado en estos números? ¿Trabajás más y ganás menos? Compartí tu experiencia. Visibilizar la crisis es el primer paso para construir soluciones.