Tragedia y escándalo en el ámbito médico: sobredosis, robos y «fiestas anestésicas»
31 de marzo de 2026
Lo que comenzó como el hallazgo de un joven médico sin vida en su departamento de Palermo ha derivado en una de las investigaciones más perturbadoras de los últimos años para el sistema de salud porteño. La muerte de Alejandro Zalazar, anestesiólogo del Hospital Gutiérrez, destapó una red de sustracción de fármacos críticos y el uso de sustancias de alta complejidad en eventos recreativos denominados «Propo fest».
El caso no solo enluta a la comunidad médica, sino que pone bajo la lupa los controles de trazabilidad de drogas letales como el fentanilo y el propofol en instituciones de prestigio.
El hallazgo: una escena sin violencia, pero con rastros médicos
El pasado 20 de febrero, tras la alerta de familiares que no lograban contactarlo, el SAME ingresó al domicilio de Zalazar. Lo encontraron tendido en su habitación, sin signos vitales y con una vía endovenosa conectada a su pie derecho.
Junto al cuerpo se hallaron ampollas de anestésicos y material descartable. Los resultados de la autopsia confirmaron lo que los elementos sugerían: una sobredosis de propofol y fentanilo, una combinación que, sin asistencia mecánica, anula el impulso respiratorio en cuestión de segundos.
El rastro del «robo de estupefacientes»
La investigación técnica sobre los lotes de los fármacos hallados en el departamento de la víctima arrojó un dato clave: los medicamentos pertenecían al stock del Hospital Italiano de Buenos Aires.
A raíz de este hallazgo, la institución inició un sumario interno que derivó en medidas drásticas:
- Profesionales apartados: Un médico anestesiólogo (H.B.) y una residente de tercer año (D.L.) fueron separados de sus cargos.
- Causa: Se los investiga por el presunto robo de estupefacientes y el suministro ilegal de estas sustancias fuera del ámbito hospitalario.
«Propo fest»: el lado oscuro de la residencia
Lo más alarmante del caso surge de los pasillos y grupos de WhatsApp de médicos y residentes. Diversos testimonios recopilados por LA NACION mencionan la existencia de fiestas donde se utilizaban bombas de infusión —equipos de precisión médica— para administrar dosis recreativas de propofol.
«Hacían fiestas con bombas de infusión y había una persona encargada de ambucear (asistir manualmente la respiración) cuando aparecía la apnea», relata uno de los audios que circulan entre colegas.
Esta práctica, de una peligrosidad extrema, sugiere un exceso de confianza de los profesionales en su capacidad para manejar fármacos que, en dosis mínimas de error, resultan fatales. Según los relatos, todo el material utilizado —desde las drogas hasta los insumos descartables— era sustraído de los hospitales donde trabajaban.
Una alarma para el sistema de salud
La muerte de Alejandro Zalazar ha dejado un vacío en el Hospital Gutiérrez, donde sus compañeros lo despidieron con pesar, pero también ha encendido las alarmas sobre la salud mental de los profesionales y la falta de rigor en el manejo de drogas de «vencimiento rápido» o de difícil control.
Mientras la justicia avanza para determinar si hubo responsabilidades penales en la distribución de las drogas que terminaron con la vida del anestesiólogo, el debate sobre el consumo de sustancias dentro de la comunidad médica sale de las sombras.
Es una historia que mezcla la fragilidad de la vida con la arrogancia de creer que, por conocer el veneno, se es inmune a sus efectos.
