La historia que los manuales no cuentan: sin Güemes, el Cruce de los Andes hubiera sido mucho más difícil
15 de junio de 2026 – Cada 17 de junio, el nombre de Martín Miguel de Güemes aparece en cartulinas escolares y flyers de redes sociales. Un feriado de por medio, algún acto oficial, una mención en los noticieros y listo. Pero detrás de esa imagen simplificada —la del gaucho patriota con poncho y vincha— hay una historia mucho más densa, más incómoda y, sobre todo, más vigente de lo que parece. La de un líder que organizó una resistencia militar sin precedentes en el norte argentino, que gobernó con vocación popular y que murió combatiendo, desangrándose lentamente, después de ser traicionado por un vecino al que él mismo había perdonado la vida.
Para entender esa historia —la que no está en los manuales escolares o aparece apenas en un recuadro— conversamos con Marcos Altamirano, historiador y miembro de la Junta de Estudios Históricos del Chaco. Lo que dijo merece detenerse.
La muralla invisible del norte
Altamirano arranca con una afirmación que debería incomodar a más de uno: sin Güemes, la independencia argentina hubiera sido mucho más difícil, si no imposible. No es una frase hecha. El historiador lo explica con un dato concreto: el Congreso de Tucumán del 9 de julio de 1816 pudo sesionar y declarar la independencia porque Güemes, con sus gauchos, detuvo y demoró el avance realista en el norte. Mientras los diputados discutían, él estaba aguantando la frontera. Eso no es un detalle menor. Es, literalmente, la diferencia entre que la declaración ocurriera o no.
Sin embargo, durante décadas, Güemes ocupó un lugar secundario en el relato histórico oficial. Altamirano no duda al señalar a los responsables. Por un lado, Bartolomé Mitre, que direccionó la corriente liberal de la historia argentina y tenía un concepto negativo de Güemes —injusto, dice el historiador, porque Güemes tenía todas las condiciones para ocupar un lugar central. Por otro lado, un factor estructural: durante muchos años, la historia argentina se escribió desde Buenos Aires. Y Güemes, en su momento, se enfrentó con el Directorio porteño. El conflicto político se trasladó al discurso histórico. Cuando esas primeras historias llegaron a las escuelas, el daño ya estaba hecho.
La Guerra Gaucha: mucho más que una película
Lo que conocemos como «Guerra Gaucha» —inmortalizada por Leopoldo Lugones y luego por el cine— no fue una sucesión de anécdotas pintorescas. Fue una estrategia militar planificada. Altamirano explica que Güemes había hecho toda la carrera militar desde cadete hasta general. Su ejército tenía estado mayor, jefes, oficiales y escuadrones. Lo que cambiaba era la táctica, no la organización. Sus hombres se integraban al ejército en tiempos de combate y volvían a sus haciendas en los períodos de calma. No comprometían batallas en condiciones desfavorables: se descolgaban de los cerros, atacaban al enemigo y lo desgastaban de manera permanente. Un historiador calculó que se libraron 237 batallas en ese período. Doscientas treinta y siete.
No fue improvisación. Fue inteligencia territorial. Güemes conocía el terreno porque su padre tenía haciendas en Salta, y conocía a la gente de esa zona. Eso, que parece obvio, era una rareza entre los comandantes independentistas formados en la tradición europea.
El movimiento de pinzas que no se completó
Uno de los puntos más reveladores de la charla llega cuando Altamirano habla del plan de San Martín. El Libertador diseñó un movimiento de pinzas: Belgrano al frente del ejército de línea en Tucumán, y Güemes con sus gauchos en la vanguardia norte. La idea era que la resistencia de Güemes mantuviera ocupado al ejército realista mientras San Martín avanzaba desde Chile hacia Perú. El plan no se completó porque Belgrano murió en 1820 y Güemes en 1821. Sin ellos, el Ejército del Norte se desorganizó y San Martín tuvo que continuar solo, llegando finalmente a un acuerdo con Bolívar.
La conclusión es inevitable: sin Güemes, el Cruce de los Andes hubiera sido mucho más difícil. No es una opinión. Es una lectura estratégica que el propio San Martín dejó asentada en sus cartas, donde escribió que el acuerdo entre Güemes y el general Rondó valía más que mil batallas.
El político que también fue militar
Lo que los manuales suelen omitir, además, es el Güemes gobernador. Altamirano destaca que fue el primer gobernador del interior elegido por los propios vecinos a través del cabildo, sin imposición del gobierno central. Y su gestión, a través de sus cartas, revela un concepto muy claro del bien común, proveniente de la tradición hispánica: el cargo público no era para el lucimiento personal, sino un servicio a la comunidad.
Tampoco se menciona lo suficiente el rol de su hermana, Macacha Güemes. Altamirano la considera una de las mayores patricias argentinas. Organizó redes de resistencia, reclutó a mujeres, niños y personas mayores para transmitir mensajes en secreto, espió los movimientos del enemigo y le pasaba información táctica a su hermano. Cuando Güemes salía en campaña, ella quedaba a cargo de la administración del gobierno —sin figurar formalmente, porque las mujeres no ocupaban esos roles en la época, pero en la práctica, gobernaba.
La muerte y la enseñanza que queda
Güemes murió como vivió: combatiendo. Fue traicionado por un vecino salteño al que él mismo le había perdonado la vida. Ese hombre lo delató al coronel realista Valdez, que invadió Salta por sorpresa. Güemes intentó escapar combatiendo y resultó herido. Agonizó durante diez días, hasta el 17 de junio. Según se cree, era hemofílico, lo que impidió que la hemorragia pudiera contenerse. Cuando llegaron emisarios del enemigo a ofrecerle asistencia médica a cambio de que sus fuerzas reconocieran a los realistas, él llamó a su segundo al mando y le ordenó que no se rindiera y que retomara Salta lo antes posible. Sus últimas palabras a sus hombres fueron que confiaba en la victoria porque sabía que iban a seguir.
Hoy, a más de 200 años de su muerte, Altamirano rescata una enseñanza central: la lucha no es solo la lucha armada. Se pelea en todos los frentes cuando es necesario. Güemes tuvo que enfrentar no solo a los realistas, sino también la incomprensión de sectores pudientes de Salta que preferían mantener sus vínculos comerciales con Lima antes que apoyar la causa patriota. Y tuvo que lidiar con la falta de apoyo de Buenos Aires. Pero nunca negoció cuando lo que estaba en juego era la independencia.
¿Por qué traer a Güemes a colación hoy, en un momento donde el centro de Formosa está vacío, la carne vacuna es un lujo y el fútbol chaqueño agoniza? Porque la figura de Güemes no es un adorno patriótico. Es un espejo. Su historia nos habla de un país que siempre tuvo dos cabezas: el puerto y el interior. Nos habla de la necesidad de organizarse con lo que se tiene, no con lo que falta. Nos habla de la inteligencia territorial —conocer el terreno, conocer a la gente— como arma más poderosa que cualquier ejército de línea. Y nos habla, sobre todo, de algo que duele: la traición viene muchas veces de adentro. El que lo delató no era un realista, era un vecino. Un agraciado al que él mismo le había perdonado la vida. Eso debería hacernos pensar en estas épocas donde la grieta no es entre unitarios y federales, sino entre los que resisten con lo que tienen y los que negocian con todo. Güemes murió desangrándose. Pero antes de irse, ordenó seguir. No pidió permiso. No pidió que lo rescaten de Buenos Aires. Dijo: «Sigan ustedes». Quizá esa sea la lección más actual de todas: cuando el centro está vacío, cuando la mesa es más pobre, cuando el equipo está último, la respuesta no es esperar que alguien venga a salvarnos. La respuesta es descolgarse de los cerros, conocer el terreno y seguir peleando. Aunque duela. Aunque sangres.
