Alto impacto inflacionario de la guerra en Medio Oriente en la industria plástica y el agro
La suba del petróleo en los surtidores es el síntoma más visible de la guerra en Medio Oriente. Pero no es el único. Ni siquiera es el más profundo. Detrás de ese incremento se esconde una ola de aumentos en cadena que ya golpea a sectores enteros de la economía argentina: la industria plástica, el agro, la farmacéutica, la construcción y hasta la producción de preservativos a nivel global. ¿El motivo? Los hidrocarburos no son solo combustible. Son materia prima química para miles de productos.
¿Puede una guerra a miles de kilómetros encarecer el trigo que cosecha un productor en Santa Fe o el envase del yogur que compra una familia en Resistencia? La respuesta, los números lo confirman, es sí.
El petróleo se duplicó: de 60 a más de 100 dólares
Según la Agencia Internacional de Energía, en marzo los precios de los hidrocarburos anotaron la mayor suba de su historia, prácticamente duplicando sus valores. Antes del conflicto, el barril rondaba los 60 dólares. Hoy, supera los 100. Abril mostró volatilidad, pero los precios se mantienen en niveles altos.
Ese incremento no es solo un número en las pantallas de las operadoras internacionales. Es una presión inflacionaria que viaja por todo el planeta y que en Argentina, un país con alta dependencia de los hidrocarburos importados y una inflación crónica, se multiplica.
Cuando el petróleo sube 100% en el mundo, ¿cuánto termina pagando el consumidor final en la góndola? La respuesta no es lineal, pero siempre es más.
Industria plástica: insumos que aumentaron 100%
Raúl Hutin es empresario pyme y dirige Scalter, una fábrica de telas tejidas y no tejidas con más de 60 años de trayectoria. Su materia prima central son las fibras sintéticas: polipropileno, polietileno, poliéster. Todo se fabrica en Argentina a partir de la destilación del petróleo.
«Estos insumos aumentaron el 100% y en algunos casos incluso más», explica Hutin a Página/12. Y aclara: no es solo su rubro. Hay más de 1.000 productos en la misma condición. «Todos los plásticos y los envases de los alimentos» están en esa lista.
Eso significa que desde una botella de agua hasta el film que envuelve la carne, desde un balde de pintura hasta un juguete, desde un envase de yogur hasta una bolsa de residuos, todo lo que contiene plástico está, en este momento, con costos de producción significativamente más altos.
Si el envase cuesta más caro de fabricar, ¿quién termina pagando la diferencia? El consumidor, inevitablemente.
El agro: fertilizantes hasta 42% más caros y un trigo que ya no rinde igual
Silvio Antinori es productor agropecuario de Armstrong, en el sudoeste santafesino, y dirigente de la Federación de Cooperativas Federadas (Fecofe). Su testimonio muestra el impacto en el campo: «Se produjo un fuerte incremento en los costos de producción, sobre todo en fertilizantes y también en semillas».
El problema no termina ahí. El aumento del combustible también encarece los servicios de siembra, fumigación y transporte. Y como cada eslabón de la cadena sube, el resultado final es lapidario: «El trigo de 28 quintales ya está superando los 40 quintales», explica Antinori. Es decir, se necesitan más quintales de producción para cubrir los mismos costos.
Un estudio de la Sociedad Rural citado por Agrofy News detalla números concretos: el gasoil grado 2 subió alrededor de un 22% y la urea, el principal fertilizante nitrogenado, aumentó un 42%. La urea impacta directamente en el trigo y el maíz, dos cultivos clave para la economía argentina.
«Todo esto se intensifica porque la producción, incluso aquí en la zona núcleo, está prácticamente en un 80% primarizada: es vender el grano al exportador», agrega Antinori. Eso significa que el productor recibe el precio internacional (que también está subido) pero con costos locales disparados. El margen se achica.
Si al productor le cuesta más producir, ¿puede evitar trasladar ese aumento al precio final del pan o las pastas? No. Y ahí aparece otro eslabón de la inflación.
Más sectores bajo presión: farmacia, cosmética, construcción, textil
El informe de Página/12 enumera otros rubros sensibles. La industria farmacéutica y de cosmética depende de derivados del petróleo para la fabricación de medicamentos, cremas, maquillaje y perfumes. La construcción utiliza plásticos, pinturas, barnices, adhesivos y solventes. La industria textil emplea fibras sintéticas. La electrónica y la tecnología tienen componentes plásticos. Y la industria alimenticia usa envases y embalajes derivados del petróleo.
En todos esos sectores, los costos ya están subiendo. Algunos podrán absorber parte del aumento con mayor eficiencia. La mayoría, simplemente, trasladará el incremento al consumidor final. Porque las empresas no son ONG.
¿Hay algún producto de consumo masivo que no dependa, directa o indirectamente, del petróleo? Muy pocos. Y esa es la razón por la que una guerra en Medio Oriente se siente en la mesa de los argentinos.
Argentina: diez meses de inflación acelerada y una guerra que complica más
El impacto no llega solo. Llega en un contexto donde la Argentina ya acumula diez meses seguidos de aceleración del índice de precios que calcula el INDEC. El último dato de inflación minorista (marzo) fue de 3,4%. Los precios mayoristas también subieron 3,4% en marzo, impulsados por un incremento del 27,3% en petróleo y gas y del 6,6% en derivados del petróleo.
Si bien se estima que el IPC minorista pueda retroceder levemente en abril respecto de marzo, la presión inflacionaria derivada de la guerra seguirá latente. Y eso complica aún más las promesas del gobierno en materia de estabilización de precios.
¿Puede un gobierno controlar la inflación cuando el factor desencadenante es externo y global? Difícilmente. Pero los votantes, que ven cómo sube el pan y la nafta, no distinguen entre causas locales e importadas.
El mundo también sufre: OCDE duplicó su proyección inflacionaria
La preocupación es global. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) pronosticó una inflación general del 4,2% para 2026, casi el doble de la proyección previa que era del 2,8%. Estados Unidos también registró una aceleración inflacionaria, al nivel más alto de los últimos tres años.
La cadena norteamericana CNBC citó a Stanislav Krykun, director ejecutivo de DST-Pack, una empresa de embalaje con sede en Polonia: «Nuestros proveedores de plástico en China han subido los precios un 15% recientemente». La fábrica produce envases para todo el mundo. Ese aumento, aunque se produzca en China, termina afectando los costos de empresas argentinas que importan insumos o productos terminados.
En un mundo globalizado, ¿puede alguna economía aislarse de una guerra petrolera? La evidencia dice que no.
Los alimentos mundiales en su nivel más alto en seis meses
La francesa Lactalis, la mayor empresa láctea del mundo, ya advirtió: «Tendremos que repercutir estos costes a nuestros clientes. Este será el tema clave en 2026». Según la FAO, los precios mundiales de los alimentos alcanzaron su nivel más alto en seis meses en marzo y se prevé que sigan subiendo.
En el terreno de los plásticos, el portal global Sustainable Plastics reportó «disparadas» de precios en marzo y abril del polietileno, polipropileno, PVC y PET. Es decir, todos los plásticos de uso masivo.
Y el caso que se volvió noticia global en los últimos días: Karex, la empresa malasia que fabrica aproximadamente una quinta parte de los preservativos del mundo, anunció que aumentará sus precios hasta un 30%. La razón: el látex derivado del petróleo subió un 30% este año. «No nos queda más remedio que trasladar parte del coste a nuestros clientes», justificó su director ejecutivo.
Si hasta los preservativos suben por la guerra, ¿hay algo que no vaya a aumentar? Parece que no.
El escenario en tensión para la economía argentina
La Argentina enfrenta una tormenta perfecta: una inflación doméstica que no logra domarse, un gobierno que prometió bajar los precios, y un shock externo que empuja los costos al alza. Los hidrocarburos son el eslabón inicial, pero el efecto se multiplica en toda la cadena productiva.
Para las pymes argentinas, como la de Raúl Hutin, el panorama es complejo: insumos que suben 100%, dificultad para trasladar precios en un mercado interno golpeado, y presión para mantener niveles de actividad. Para los productores agropecuarios, como Silvio Antinori, el desafío es producir más caro en un contexto donde el margen ya era ajustado. Para los consumidores, el final de la cadena, el bolsillo recibe el impacto acumulado de todos esos eslabones.
¿Hasta dónde puede seguir subiendo la inflación antes de que el mal humor social se convierta en conflicto abierto? Esa es la pregunta que los gobiernos de todo el mundo —y especialmente el argentino— intentan responder mientras los precios del petróleo siguen bailando al ritmo de la guerra.
Por ahora, la única certeza es que la inflación no da tregua. Y que, lejos de los campos de batalla de Medio Oriente, en las fábricas, los campos y las góndolas argentinas, la guerra también se siente.
