En maíz los márgenes se achican aún más: la cosecha sojera está a pleno, pero los costos no dan tregua

El sol volvió y los productores chaqueños retomaron la trilla. Pero el alivio dura poco: el gasoil, los fletes, la humedad y los impuestos se comen la rentabilidad. «El margen queda en cien dólares o menos. Inviable», advierten.

SÁENZ PEÑA (Agencia, por Hipólito Ruiz). Si recorrés las rutas del Chaco en estos días, vas a ver una postal repetida: camiones cargados de soja yendo hacia los puertos y los grandes acopios. La ventana de sol por fin llegó y la cosecha se reactivó en gran parte de la provincia y también en zonas vecinas.

Pero el campo no es solo cosecha. Es números. Y los números, esta campaña, vienen apretados.

Las productividades son un tiro al aire: cerca de Quimilí se lograron 4000 kilos por hectárea; en Gancedo, 2900; y en Formosa, apenas 1200. La sequía de febrero y marzo, y después las lluvias, hicieron estragos. Muchas vainas se abrieron antes de tiempo, el grano empezó a brotar y la humedad sobrante ahora se paga cara: cada punto por encima del 13,5% cuesta 5 dólares más por tonelada.

«Estamos perdiendo plata por todos lados», resume el ingeniero agrónomo Miguel Ángel Kolar, que asesora a una empresa chaqueña con siembras en tres provincias y también es productor.

El combustible que duele

El conflicto en Medio Oriente disparó el precio del gasoil. Y ese aumento, según Kolar, «nos quitó mucha rentabilidad, sobre todo en el maíz». El transporte de girasol pasó de costar entre 60 y 70 mil pesos por tonelada a 80 o 90 mil: un incremento del 40 al 50%. En maíz, cada 30 mil pesos extra en la tarifa del flete se traduce en $240.000 más por hectárea.

«El margen queda en cien dólares o menos. En esta coyuntura es inviable», sentencia el técnico. Y agrega un dato brutal para dimensionar: el productor tiene que vender mil kilos para pagar 700 kilos de alquiler.

Entre transporte y alquiler, «nos saca 150 o 160 dólares por hectárea».

«El gobierno liberó todo, pero no bajó los impuestos»

Kolar es directo: el precio de la soja o el maíz lo pone el mercado internacional. Lo que pase en Argentina, al comprador de afuera no le interesa. Entonces, cuando suben los costos internos, «el que compra la soja tiene que comprar más barato». Siemtermina pagando el productor.

Y ahí está el nudo: «El gobierno liberó todo, pero no bajó los impuestos. Seguimos teniendo retenciones y créditos caros».

Para el ingeniero, mientras la tasa de crédito no baje a un dígito anual, la inflación no se va a frenar. Y se pregunta: «¿Si vos sacaste 8000 kilos de maíz por hectárea y ganaste solo 70 dólares, te va a entender el banco?».

Paraguay, el espejo que duele

Kolar compara la situación con Paraguay, y la diferencia es abismal. «Ellos sacaron 200 kilos menos que nosotros y ganaron 300 dólares más por hectárea», dice. La clave: carga tributaria. «Para ellos hacer soja es viable, para nosotros no».

Y pone un ejemplo concreto: los menonitas en el Chaco paraguayo construyeron una ciudad de 40 mil habitantes en 34 años. «No quieren que el Estado les haga rutas –dice–. Quieren que no les cobren impuestos».

También menciona experiencias cooperativas en Brasil y Paraguay, donde pequeños productores se juntan para comprar insumos y hasta arman industrias locales. «No exportan trigo, exportan fideos. Nosotros vendíamos algodón y ellos lo transformaron en industria».

Lo que viene: menos Estado en impuestos, más Estado en gestión

¿Qué pide el campo? Kolar lo dice sin vueltas: «No queremos plata, queremos gestión». Quieren que el gobierno salga al mundo a abrir mercados, a contar que el algodón chaqueño tiene la huella de carbono más baja del planeta. «¿Vos creés que Adidas o Nike saben que producimos algodón con menos costo ambiental? No lo saben».

Y cierra con una frase que queda flotando: «Necesitamos que el gobierno salga al mundo a ofrecer lo que producimos».

Mientras tanto, en las rutas del Chaco, los camiones siguen cargando soja. Pero atrás de cada grano, el productor sigue haciendo cuentas. Y cada vez le sobran menos motivos para sonreír.